Un día con Anglada en el casco histórico de Vic: “Fíjate, la gente reconoce mi ‘sex appeal'”

El concejal Som Identitaris invita a Crónica Global a pasear con él por el centro de la ciudad tras grabar su última entrevista con este medio, donde vaticina que “en cuatro días habrá alcaldes musulmanes por toda Cataluña”

Àlex Cárcel 3 de abril de 2026

Josep Anglada le hizo mucha gracia que su última entrevista con Crónica Global, que inicialmente iba a durar media hora —como es habitual— acabara alargándose otra media, pero consideró que para reforzar su tesis de que tiene el apoyo de los vecinos y vecinas de Vic —algo que dictaminarán las urnas en las próximas elecciones municipales— había que comprobarlo in situ, en las calles del centro histórico de la ciudad. Es día de mercado en la famosa plaza mayor, y asegura que “vienen gentes de todos los pueblos a comprar”. Hace sol.

Tras grabar la conversación con el concejal de la plataforma xenófoba Som Identitaris en una sala contigua al despacho de su grupo municipal, el equipo de este medio desplazado a la capital de la comarca de Osona accede a acompañarle si a cambio él recomienda una tienda donde comprar embutidos, que acaba convirtiéndose en la primera parada. Antes, ironiza sobre la proximidad de sus dependencias locales con las de la CUP —”por suerte, no vienen mucho por aquí”— y sobre unas mujeres que llevan el velo islámico que él defiende prohibir.

—Queremos secallona y llonganissa, señor Anglada. Nos han dicho que es muy típico de la zona—.

Sabe dónde comprarla. Hay cola y el concejal, elegante en el vestir, como en los viejos tiempos, aprovecha para saludar a las señoras que la articulan. Unas le hacen más caso que otras.

—Fíjate, la gente reconoce mi sex appeal—, asegura, sonriente.

Al respecto añade que acaba de cambiarse la dentadura y que, de querer invitarle a comer, no podrá ser en un sitio de carnes. Dice conocer una taberna muy cercana donde quizá pueda tomar algo de pescado. Y hacia allí se enfila dejando atrás la acogedora charcutería de pueblo, donde siguen entrando clientes.

—¿Nadie ha propuesto asfaltar el suelo de la plaza?.

—¡No! Lleva toda la vida así, y ya nos gusta—, responde.

Siguen colgando lonas con las caras del expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont y el exconseller Lluís Puig, ambos fugados en Bélgica y pendiente de la aplicación de la ley de amnistía, en los edificios de la plaza, donde un día figuraron todos los condenados por el referéndum ilegal del 1-O entre esteladas, lazos amarillos y otras proclamas secesionistas.

—Yo propuse quitarlas hace poco en un pleno, pero me dijeron que todavía no. Evidentemente, yo no las hubiera puesto desde un principio—, asegura.

—Debió ser complicado vivir el procés aquí sin ser independentista.

—Fue muy incómodo para mí. Soy muy catalán, pero no soy separatista. Tenía muy claro que estaban engañando a la ciudadanía, pero todo el mundo se obsesionó, solo se podía hablar de independencia. Ahora la cosa está calmada otra vez, y a mí políticamente me beneficia, porque esta cuestión ya no forma parte del debate, y en sitios como Vic siempre tienes las de perder. Fue una pérdida de tiempo, no nos llevó a nada más que a pelearnos.

—Puigdemont tiene previsto hacer un tour por Cataluña cuando vuelva, y me imagino que pasará por Vic. ¿Cómo cree que le recibirá la gente?

—Yo partiría de la base de que está acabado—, asegura, mientras sigue saludando a gente a la que posiblemente no saludaría en otro contexto, —pero igual que Oriol Junqueras, Josep Rull, Jordi Turull… todos los que participaron de aquel fracaso deberían dar un paso al lado. Creo que Puigdemont en estos momentos no le hace ningún bien a Junts, y lo pagarán caro en las próximas elecciones al Parlament de Cataluña—.

La tasca donde le apetecía comer al fundador de Plataforma per Catalunya está cerrada. Deben estar de vacaciones por Semana Santa, dice.

—Acompañadme, conozco otro lugar que os gustará.

—¿Es inseguro caminar por estas calles de noche, señor Anglada?.

—Muchas personas han dejado de salir por las tardes porque tienen miedo de que les roben el móvil o les apuñalen. Las estadísticas oficiales lo dicen, han subido los atracos en tiendas… todo tipo de delitos. Y, ¡qué curiosidad!, siempre son los mismos.

—¿Qué pueden hacer desde el ayuntamiento para corregir esta inseguridad?

—Prácticamente no hay presencia de la Guardia Urbana, por ejemplo. Ahora tendremos una nueva ley de multirreincidencia, a ver qué tal. Hay que seguir endureciendo las leyes para que la gente pueda estar tranquila. Quien cometa delitos los tiene que pagar, y esto no se hace desde el ayuntamiento. Está claro que con un presidente tan inútil como Sánchez, lo tenemos jodido.

El segundo restaurante está abierto y los propietarios le conocen. Menú del día. Comenta con el cocinero su problema dental, y confirma que no habrá ningún percance con el arroz, de primero, y el bacalao, de segundo. Que acompañará con un vino blanco de la casa, “que pagan los periodistas”.

—¿Cuando dejó de ser franquista?.

—Hace muchos años… No viví prácticamente la dictadura. En ese momento creía en una manera concreta de pensar y después consideré que ya no tocaba aquello y me puse al día políticamente. Cuando era joven por las calles gritábamos ”libertad, amnistía, estatuto de autonomía”. Yo no sabía nada de política con 16 o 17 años, pero tenía dos amigos que me insistían para afiliarme a algún partido. Uno era de Esquerra Republicana y el otro de Fuerza Nueva, y digamos que el segundo, un tío que tenía dos pubs, jugaba al tenis y me llevaba en coche a todas partes, me lo vendió mejor. En Fuerza Nueva entonces militaba la gente de clase alta, ya sabes cómo son las juventudes de los partidos. Pero enseguida me di cuenta de que ya no tocaba cantar el Cara al sol y pasé de la política hasta que fundamos Plataforma Vigatana, que dio origen a su vez a Plataforma per Catalunya.

—He leído que usted llevaba armas encima en aquella época.

—¡Un bazuca!—, dice riendo, mientras le sirven la paella marinera y termina aperitivo de la casa, —se dicen muchas cosas, pero es rotundamente falso… no tengo puntería—.

Entre anécdotas inconfesables trascurre la comida, a la que se suman el chef y su mujer, jefa de sala, tras servir los cafés. Son dos votantes de Anglada, y se retroalimentan en sus tesis hasta que el concejal, a quien acaban de regalarle una botella de cava, opta por recuperar nuestra atención.

—¿La de que casi me matan os la sabéis?—, dice. Y empieza, aunque quieren cerrar y se hace tarde para regresar a Barcelona.

La cuenta de todas formas.

Ya de camino a la estación, mientras sigue saludando a vecinos y vecinas —”soy el rey de Vic”, se dice, cuando le corresponden—, una última pregunta.

—Señor Anglada, es el tema del día: ¿qué le parecieron los cánticos de anoche en el estadio de Cornellà?.

—¿Queréis la verdad? También me hubiese apuntado a cantar “bote, bote, bote, musulmán el que no bote”, como estoy convencido de que harían una gran mayoría de ciudadanos.

Y ríe.

—Espero que lo hayáis pasado bien y que volváis a entrevistarme cuando sea alcalde.

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